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Nos acordamos del agua

Artículo publicado originalmente en Eldiario.es (19/04/2015) 11078092_817201934995651_2188747313206450403_n

El pasado 3 de abril  Jose Luis Gallego escribía un artículo más que pertinente sobre la ausencia del agua en la agenda política. Argumentaba que más allá de la reinvindicación del acceso al agua como un derechos humano básico, nadie se acuerda del agua ni habla de ella como un bien imprescindible en el equilibro ecológico del planeta.

Estando muy de acuerdo con el planteamiento, no me resisto a hacer dos precisiones. La primera es que sí hay un partido político que defienda el agua y la incluya en su programa electoral; de hecho en el programa de las europeas de EQUO hay un punto específico sobre aplicación de la Directiva del Agua, algo que se ha incluido también en el  programa marco de las municipales de mayo 2015.

La segunda precisión es sobre la falsa dicotomía entre el derecho al agua de las personas y el agua de la naturaleza. Efectivamente, defender el acceso a un agua de calidad, con una gestión eficiente y transparente, sin tener en cuenta los condicionantes ecológicos del lugar donde viven esas personas es irresponsable. Eso comprometería seriamente el presente y el futuro del derecho que precisamente se quiere defender.

La separación ficticia entre sociedad y naturaleza está anclada en nuestra visión del mundo desde hace siglos. Aceptemos y reconozcamos que somos parte del medio ambiente, incluso las ciudades hormigonadas y asfaltadas en las que vivimos son naturaleza: tienen aire, se asientan sobre suelo y en ellas hay agua.

El agua efectivamente es imprescindible en nuestras vidas y nuestra sociedad. Y la gestión del agua debe ser algo transversal en todas y cada una de las políticas que se lleven a cabo desde las instituciones. Por ejemplo, la apuesta de modelo productivo que hagamos es clave para la sostenibilidad de nuestros recursos hídricos: la agricultura intensiva, la explotación de ciertos recursos energéticos (fracking o minería de uranio), la industria química o la siderurgia son sectores muy intensivos en agua o con procesos y residuos altamente contaminantes para el agua.

El agua que bebemos, el agua que defendemos como derecho humano, es el agua de la naturaleza: la de nuestros ríos, nuestros acuíferos, nuestros humedales, nuestros océanos, nuestra lluvia. No es posible garantizar ese derecho universal si no garantizamos el equilibrio y la calidad ecológica del agua que nos rodea.

Justicia social y justicia ambiental van de la mano. El buen vivir de las personas es precisamente eso: que todas las personas tengan sus necesidades básicas cubiertas, sus derechos garantizados, hoy y mañana en equilibrio con la naturaleza. En el siglo XXI hablar de derechos es hablar de ecología. Por eso nos acordamos del agua, porque como muchos otros derechos depende de políticas verdes para que efectivamente lo sea.

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El Buen Vivir: una alternativa al capitalismo

Resumen de la ponencia en la III Asamblea de Equo Asturias. 12 Claves de Futuro
Publicado en la web de Equo Asturias (15/02/2015)

Si en los años 60 los movimientos de lucha y reivindicación se les consideraban subversivos, era porque efectivamente buscaban subvertir el sistema y sustituirlo por otro diferente. En los últimos 15-20 años, lo que se ha buscado es consolidar y expandir nuestro concepto de desarrollo basado en la acumulación material. Esto se ha hecho sin tener en cuenta dos aspectos:

  1. Los límites el Planeta, no estamos teniendo en cuenta la imposibilidad material de que toda la población mundial produzca y consuma en los niveles que los países occidentales lo estamos haciendo en nombre del desarrollo;

  2. No cuestionamos el modelo ni el concepto de desarrollo, aunque esa acumulación material no está asegurada para la mayoría de la población, y aunque su mantenimiento es una amenaza para la seguridad, la libertad y la identidad de miles de millones de personas en el mundo.

Este tipo de desarrollo es el defendido y promovido por el capitalismo, un sistema explotador de personas y recursos que pone la democracia a su servicio con el fin último del crecimiento económico y la creación de riqueza. Pero este sistema en el que vivimos tiene tres grandes limitaciones que son las que están en el origen de la crisis social, económica y ecológica en la que nos encontramos:

  • Su visión economicista de la sociedad y de la actividad humana deja de lado todo aquello que no tiene valor monetario, sin importar el valor social que pueda tener: los trabajos de cuidados, la salud o la calidad del aire que se respira.

  • No redistribuye la riqueza material. El capitalismo genera desigualdades, que suponen la violación continua de derechos lo que inevitablemente mina la democracia.

  • Funciona de espaldas y a expensas de la naturaleza. Ha prevalecido la idea de que la sociedad es algo contrapuesto o que está fuera de la naturaleza, cuando la humanidad es parte de la naturaleza, y que todo nuestro entorno, incluidas las asfaltadas y hormigonadas ciudades son naturaleza.

El Buen Vivir

En este contexto mundial están surgiendo cada vez más iniciativas y propuestas que buscan un modelo diferente. Una de ellas es el concepto de Buen Vivir, que algunos países de Latinoamérica están incluyendo en sus constituciones, recuperando conceptos y filosofías de las comunidades indígenas. Sin embargo, no es algo tan lejano culturalmente ya que el Buen Vivir se nutre y recoge aportaciones de filosofías políticas occidentales como el marxismo, el ecologismo o el feminismo.

El Buen Vivir es otra manera de organizar y vertebrar los objetivos y los recursos de la sociedad de forma que se respeten los derechos de las personas, se construya un nuevo régimen económico y se recuperen las diversas soberanías que hemos ido cediendo a los poderes económicos.

Los derechos humanos, apoyados y ampliados con garantías sociales, económicas, ambientales son la base del Buen Vivir. La base y objetivo de toda acción política deben ser los derechos, pero unos derechos y ampliados que incluyan la justicia social y también la ambiental. Esto incluiría la alimentación, el agua potable, la energía, la vivienda; un acceso universal y gratuito a la sanidad, educación y servicios sociales, el derecho a un medio ambiente sano, y a la cultura y el ocio, siempre desde el respeto a la diversidad.

Respecto al nuevo régimen económico, la primera premisa es que debe estar en armonía con la naturaleza, esto es respetar los límites del Planeta, teniendo como objetivo la dignidad humana y la calidad de vida de las personas. La apuesta es una economía social y solidaria con otros valores que la competencia y el beneficio económico, como por ejemplo la dimensión colectiva de las actividades económicas.

Por último, el Buen Vivir exige el fortalecimiento de la democracia, con una mayor participación y la promoción de las decisiones conjuntas y comunitarias, en detrimento de las minorías que hoy ejercen el poder: élites poĺíticas y económicas.

Otro desarrollo y desmercantilización

Si bien mucho de lo defendido por el Buen Vivir se da o puede darse dentro del capitalismo, hay dos aspectos fundamentales que cuestionan el corazón de la lógica actual del sistema. Una es el concepto de desarrollo. Para el Buen Vivir una sociedad desarrollada es aquella que asegura las mismas posibilidades cuando no se tienen los mismos recursos. La calidad de vida, las oportunidades y las decisiones de las personas no deben ser fruto del azar y de las circunstancias. El desarrollo llegará cuando las condiciones materiales y económicas o culturales o de género, no condicionen las opciones de vida de una persona.

En segundo lugar, el Buen Vivir promueve la desmercantilización de los recursos naturales (agua, alimentación o energía), pero también de las personas. Tanto los recursos como las personas tienen que dejar de ser considerados como meros instrumentos de producción del sistema capitalista. Esto cambiaría la lógica imperante del funcionamiento de la sociedad, la economía y la política, la mercantil, dando paso a la lógica de los derechos.

Una transformación radical del sistema

Aplicar el Buen Vivir supone una transformación radical del sistema. Lo que se busca es un sistema que no genere desigualdad; no viole sistemáticamente los derechos humanos; no ponga en peligro el equilibrio ambiental y no anule a la democracia.

Para lograr esta transformación es imprescindible poner la ética en el centro de nuestras acciones: el respeto y cuidado de la vida debe ser el objetivo de la sociedad, no la economía. El crecimiento económico y el beneficio económico deben dejar paso a conceptos como libertad, igualdad, equidad, solidaridad como principios rectores del funcionamiento del sistema. Inevitablemente necesitamos construir, de forma democrática, sociedades democráticas que recuperen lo público, lo universal y lo gratuito.

El Buen Vivir es por tanto lo opuesto a lo que nos ha traído aquí y es, sin duda, el horizonte al que nos debemos dirigir para salir de aquí.

Sin ecología no hay futuro, sin mujeres no hay democracia

B7dwdYgCUAAXrzbEste post recoge algunas ideas de mi intervención en el I Foro del Sur de Europa, donde partidos verdes y de izquierda nos reunimos para intercambiar puntos de vista sobre las alternativas a las políticas de austeridad y neoliberales que se han impuesto a los estados del Sur de Europa.

 

La transformación radical del sistema a la que aspiramos debe tener como punto de partida la democracia y los derechos, pero con dos perspectivas claves: la ecológica y la feminista.

Para establecer este sistema social y económico han tenido que desmontar la democracia. Revertirlo pasa inevitablemente por reconstruirla. Esto significa una regeneración democrática del sistema y los partidos; y una verdadera democracia participativa en la que la ciudadanía sea agente activo en la toma de decisiones políticas. Sin embargo, no podremos llamarle democracia mientras la mitad de la población esté infra-representada en la política. No hablo sólo de porcentajes o de cuotas, sino de visibilidad, liderazgo, responsabilidad, poder. No hay más vieja política que la hecha exclusivamente por hombres.

Por su parte, los derechos deben ser la base, el objetivo y la guía de todas las políticas. Recuperar la política para las personas significa defender, asegurar y promover los derechos humanos y sociales. Sin embargo, la lucha por los derechos debe evolucionar con la sociedad, y debemos incorporar nuevos derechos claves en el siglo XXI, ambientales y digitales, y asegurar los derechos a colectivos a los que aún se les niega, LGTBi+, por ejemplo.

Hoy en día hablar de exclusión social es asumir la violación sistemática de los derechos humanos de las personas que en ella se encuentran. Las mujeres sufren en mayor número y con mayor fuerza la pobreza en nuestra sociedad, y gran parte de las personas que intentan atravesar las fronteras sur de Europa en busca de una oportunidad son refugiados climáticos (así en masculino, porque las mujeres migran mucho menos, y cuando lo hacen son doblemente explotadas por las mafias).

Estas breves ideas, son una pequeña muestra de que cualquier propuesta, alternativa, fuerza, coalición o visión de cambio sólo será realmente transformadora si:

  • incluye los derechos y la justicia ambiental. La lucha del siglo XXI será por el control de los recursos: energía, agua, alimentos ( necesidades básicas de las personas)
  • incorpora la lucha feminista, ya que no hay mayor opresión que la del patriarcado y no se puede obviar los derechos de la mitad de la población mundial.

A la hora de formar gobierno Alexis Tsipras ha tenido en cuenta la primera parte. Ha nombrado secretario de estado de Medio Ambiente a un miembro del partido ecologista que era parte de Syriza. Veremos que margen de maniobra tiene dentro del macro-ministerio de producción, pero el gesto es simbólico y asegura que al menos se dará la lucha en el gobierno por asegurar que la transción de la economía griega se haga con criterios ecológicos.

Sin embargo, una vez más, las mujeres se han quedado fuera de la revolución. Ni una mujer entre sus 11 ministros. ¿Significa eso que no hay mujeres capaces de dirigir un ministerio en Grecia o que Tsipras no ha querido mirar más allá de los tradicionales círculos de poder masculinos? La izquierda nos debe a las mujeres la lucha feminista desde que existe. En Grecia, esta deuda sigue aumentando.

Ojalá que aquí lo sepamos entender: sin ecología no hay futuro, sin mujeres no hay democracia.

Educación para la sostenibilidad: un motor para el cambio global

Articulo publicado en el Green European Journal, originalmente en inglés (04/12/2014) y traducido a castellano (08/01/2015)
En medio de la crisis global nadie se atreve a discutir que vivimos en un mundo cambiante y lleno de desafíos, especialmente en relación al medio ambiente. No son solo los Verdes los que lo dicen, sino también el Consejo de la Unión Europea: “A comienzos del siglo XXI, la Unión Europea hace frente a un número considerable de retos interrelacionados, entre ellos las consecuencias económicas y sociales de la crisis financiera mundial, el cambio climático, la disminución de los recursos hídricos y energéticos, la pérdida de biodiversidad, las amenazas a la seguridad alimenticia y los riesgos sanitarios” 1

Una cuestión importante es si la ciudadanía tiene el conocimiento, las habilidades y las actitudes necesarias para entender y hacer frente a los retos a los que nos enfrentamos como sociedad. La complejidad del nuestro mundo, que incluye aspectos culturales, sociales, económicos y medioambientales, nos lleva a cuestionarnos directamente el concepto de alfabetización. ¿Es suficiente saber leer y escribir en esta sociedad lleno de desafíos? Obviamente no. Entre las muchas competencias y destrezas que se pueden reclamar como esenciales para entender nuestro mundo, destacamos dos: la alfabetización crítica: lo que permite pensar “diferente” y cuestionar las asunciones universales sobre nuestro mundo; y la alfabetización medioambiental y científica: no se trata de entender lo que la ciencia estudia, sino también aquello por lo que la política debería preocuparse.

En este sentido, hemos visto en la última década como el concepto de Educación para la Sostenibilidad o Educación para el Desarrollo Sostenible (EDS) se ha generalizado. La ONU declaró la 2005 – 2014 como la década de la EDS, la mayor parte de los currículos nacionales incluyen el concepto de sostenibilidad y en todo el mundo existe una gran oferta de educación no-formal y programas de concienciación. Pero, ¿están siendo estos esfuerzos e iniciativas eficientes? En otras palabras, ¿está teniendo la actual Educación para la Sostenibilidad un impacto en el cambio de comportamiento y actitudes? Y sobre todo, ¿están logrando concienciar sobre la necesidad de un nuevo modelo económico y social para hacer frente a este reto?

Estas preguntas deberían responderse teniendo en cuenta la respuesta de otra pregunta: ¿cuál es el objetivo de la educación? ¿Qué queremos conseguir con la educación de las personas? Teniendo en cuenta la importancia de los retos a los que nos enfrentamos, la educación debería ser considerada como agente del cambio socio-cultural y no simplemente un eje de la economía o un transmisor de valores culturales. La pedagogía crítica, fundada por el educador brasileño Paulo Freire, considera la educación como una herramienta emancipadora, en oposición al concepto “bancario” de la educación, en la que la persona es considerada como una cuenta bancaria vacía en la que el profesorado deposita el conocimiento. La educación crítica quiere mostrar que el cambio es posible y que las realidades sociales que vivimos no tienen porqué ser como son.

Desde este pensamiento crítico y analítico, la pedagogía ha dado un paso más hacia el llamado aprendizaje transformador. Inicialmente, este concepto nació para hacer al alumnado cuestionarse sus asunciones o hábitos de pensamiento. Sin embargo, este concepto está actualmente ligado a los grandes retos del cambio social y la sostenibilidad. Basándose en el concepto de aprendizaje transformador, algunos autores han identificado 3 niveles de EDS:

ESD 1 – Promueve y facilita cambios e lo que hacemos y cómo vivimos. Se aprende para un desarrollo sostenible. Implica concienciación sobre la necesidad de reducir la huella de carbono de nuestras actividades. Se basa en un enfoque conductista: se explica los hechos del cambio climático y las acciones a llevar a cabo. Trata de hacer las cosas mejor.

ESD 2 – Habilitar y hacer realidad una forma de vida sostenible: Trabaja sobre la capacidad de pensar críticamente lo que dicen los expertos. Busca explorar las contradicciones del modelo y a cuestionarse los valores. Su objetivo no es tener un impacto ambiental sino emponderar a la gente para aceptar la responsabilidad de tomar decisiones para el cambio. Trata de hacer cosas mejores.

ESD 3 – Transformar la visión del mundo. Busca llevar a ver las cosas de diferente manera. El alumnado cuestiona paradigmas y deconstruye valores y asunciones para crear una nueva forma de ver el mundo y por ende transformarlo.
La mayor parte de la Educación para el Desarrollo Sostenible ofrecida en el mundo corresponde al primer nivel: es la visión de la UNESCO; la que define la década de ESD de la ONU; el principal enfoque utilizado en la educación formal y para la mayor parte de actividades educativas. Se ha demostrado que este enfoque apenas cambia comportamientos. El alumnado entiende las razones y reconocen las soluciones propuestas (hechos), pero no encuentra la motivación para pasar a la acción, ni busca las razones para hacerlo. La ESD 2 quiere que el alumnado piense por sí mismo, analice las alternativas y tome sus decisiones. Este enfoque es más importante para nuestro futuro, ya que depende más de nuestra capacidad de análisis y de construir alternativas, que en nuestra aceptación en que se nos diga lo que tenemos que hacer. Por último, la EDS 3 es el paradigma del cambio. Estos tres tipos de ESD no son ni opuestos ni mutuamente excluyentes, se complementan y cada uno tiene su función en construir un mundo más sostenible.

Sin embargo, estamos de acuerdo en que reducir la ESD a una simple explicación de hechos y acciones no es suficiente para afrontar de forma efectiva los retos medioambientales. ¿Qué aspectos deberían incluirse en la ESD para conseguir dotar a las personas con el conocimiento y las habilidades necesarias para entender y construir una alternativa a la actual crisis ecológica?

El documento mencionado anteriormente del Consejo de la Unión Europea señala algunos aspectos que contribuirían realmente a mejorar el impacto de la ESD, tanto en el medio ambiente como en un cambio de valores:

Una perspectiva de aprendizaje a lo largo de la vida, esto es incluir la EDS en todos los niveles de educación y formación formal y no-formal.
Un aprendizaje basado en valores, tales como la justicia, la equidad, la tolerancia, la suficiencia y la responsabilidad hacia las generaciones futuras.
Pensamiento sistémico, necesario para entender la complejidad de un mundo, en el que todo está conectado a otras cosas.
Una llamada a la acción, no hay que entender sino también actuar.

En lo que se refiere al último punto, es importante que el alumnado encuentre una motivación para la acción. Los conocimientos y capacidades se adquieren mejor a través de la experiencia personal (cuando el aprendizaje es relevante y cercano). En este sentido, hay otros aspectos que sugerimos incluir en la ESD:

Un enfoque constructivista en el que el alumnado construya su propio aprendizaje y juegue un papel activo en el proceso (frente al enfoque conductista que dice lo que hay que hacer y aprender)
Usar un tono positivo, que huya de mensajes pesimistas y catastrofistas y pida a al alumnado que propongan sus propias acciones (pensamiento creativo e innovación)
Introducir la dimensión local de los retos globales, subrayando el rol de las comunidades locales y las personas en encontrar soluciones al cambio climático.

Desde un punto de vista educativo, este tipo de EDS se ajustaría a los elementos que la didáctica más innovadora apuntan como el futuro de la educación: enfoque centrado en el alumnado, temas y contextos importantes para el alumnado, énfasis en el pensamiento crítico y la resolución de problemas, creatividad, etc. En lo que se refiere a la sostenibilidad, la concienciación sobre el cambio climático y sus consecuencias se incrementaría tratando cuestiones locales y buscando la motivación de actuar en algo directamente relacionado con sus sentimientos y su identidad.

Un ejemplo de este tipo de ESD es Schools for Resilience (www.schools-for-resilience.eu), un proyecto en marcha financiado por el Programa de Aprendizaje Permanente de la UE. Liderado por la Sociedad de Ciencias Aranzadi, en él participan diferentes actores educativos de Reino Unido, Irlanda, Dinamarca, Italia y Letonia. Su objetivo es desarrollar materiales educativos para una educación para la sostenibilidad transformadora:
que busca entender y responder positivamente a los cambios globales con soluciones locales
a través de la cual el alumnado construirá su propia contribución a la sostenibilidad según las necesidades de su entorno.

El proyecto se basa en tres ideas claves: pensamiento sistémico, resilencia personal y comunitaria y valores:
Crear comunidades que sean compatibles con los procesos de la naturaleza para una vida sostenible, requiere conocimientos básicos de ecología.
Actuar de forma resiliente en cualquier contexto o situación exige conocimiento y habilidades personales, de construcción de equipo y sostenibilidad.
Los valores son claves para promover formas de pensar sostenibles. El proyecto busca trabajar tres valores principales: respeto por la naturaleza y cuidado de nuestro planeta, igualdad de oportunidades para que todas las personas pueda decidir cómo vivir su vida y respecto por generaciones futuras.
Es un proyecto piloto que está trabajando en el desarrollo de una secuencia didáctica para secundaria, pero apunta en la buena dirección con una educación para la sostenibilidad holística y transformadora basada en metodologías didácticas innovadoras (i.e. aprendizaje fuera del aula).

Pero, ¿existen actualmente este tipo de programas en Europa? Sí, en algunos países. Sin embargo, hay una gran diferencia a nivel nacional principalmente relativa a la conciencia sobre sostenibilidad que tiene cada país, pero también en lo referente a la cultura y la tradición educativa de cada sistema. Desde luego, sería interesante analizar las diferentes formas en las que la educación para la sostenibilidad se enfoca en cada país, y ver la relación con las actitudes y valores de la sociedad hacia el cambio climático y la sostenibilidad. La concienciación de la gente, la comprensión y la percepción sobre el cambio climático y la crisis ecológica no deben menospreciarse en la acción global por la sostenibilidad y la justicia ambiental. No menospreciemos la educación como motor del cambio global.

Ganemos, una visión desde la ecología política

Rosa Martínez, coportavoz de EQUO y Florent Marcellesi, futuro eurodiputado de EQUO – Primavera Europea

Artículo publicado en Revista Transversales (número 33 octubre 2014-enero 2015)

En nuestro país la política local ha replicado el modelo político existente a nivel nacional. En muchos casos, especialmente en las grandes ciudades, la política local se ha alejado de la ciudadanía y de sus necesidades directas. Se ha apostado por inversiones millonarias en proyectos insostenibles y de poco o nulo valor social, poniendo el acento en los intereses económicos y no en sus habitantes. No es de extrañar, por tanto, que sean Barcelona y Madrid las ciudades en las que sus dos iniciativas ciudadanas municipalistas han abanderando el movimiento ciudadano para recuperar el protagonismo de la política local y cambiarla profundamente.

Sin embargo, más allá de las pésimas políticas locales de los últimos años, los diferentes Ganemos surgidos por toda la geografía son hijos del momento de hartazgo político en el que vivimos. La indignación empieza a transformarse en acción con el 15M. El empoderamiento ciudadano y la toma de conciencia de la responsabilidad individual que cada uno tenemos en la transformación social han permitido que desde 2011 muchas personas canalicen su activismo político en movimientos ciudadanos de todo tipo (contra los desahucios, por un nuevo modelo energético, por una democracia real…), pero también en nuevos partidos políticos que apuestan por nuevas formas de hacer política (EQUO, Partido X, Podemos…).

En estos años hemos entendido que la acción y transformación desde abajo son imprescindibles para el cambio. De la misma manera, la negligencia e incompetencia de los poderes públicos ante la urgencia democrática, social y ecológica (así como su connivencia con el poder económico) nos ha demostrado que la presencia en política es igualmente irrenunciable. Es decir, necesitamos tener un pie en la calle y otro en las instituciones. Lo innovador de estos movimientos de participación política es que surgen como espacios de confluencia entre el activismo social y local y el activismo político.

Pero, ¿quiénes son los Ganemos?

“Somos la gente” decía Ada Colau en la presentación de Guanyem Barcelona. Y eso es lo que son estos movimientos, la ciudadanía, personas: afiliadas a partidos políticos o no, activistas sociales y locales, personas sin adscripción que no militan ni participan en ninguna organización, con o sin ideología política. Gente que comparte un deseo: acceder al poder institucional para rescatar a las personas y el Planeta.

Y ese es el alma de los Ganemos. Personas que se reúnen en espacios de confluencia en torno a una causa común. Están surgiendo por todo el territorio, siempre en clave local y respondiendo a las características ciudadanas, políticas y militantes de cada lugar. No hay fórmulas universalmente a­pli­cables para organizar óptimamente estos espacios. La experiencia de Guanyem Bar­celona o Ganemos Madrid surgida des­de la ciudadanía y los movimientos sociales pue­de no ser replicable en ciudades don­de no exista ese humus de activismo social más o menos organizado ni tradición de autogestión o autoorganización de la ciudadanía.

En estos casos, pueden ser los partidos po­lí­ticos (evidentemente, aquellos que comparten el objetivo de recuperar la política para la ciudadanía) los que sirvan de catalizador para el lanzamiento de un Ganemos.

Sería un error fijarnos sólo en el origen o grupo promotor de cada uno de los movimientos para decidir si es un movimiento ciudadano o la tan temible “sopa de siglas de partidos”. Consideremos en cambio si tienen una actitud incluyente o excluyente, cómo se toman las decisiones, cómo se organizan sus integrantes (partidos políticos, movimientos sociales y personas sin adscripción), sus normas de funcionamiento interno, su compromiso con la igualdad de género y la radicalidad democrática, y por supuesto unos principios y causas comunes irrenunciables que deben ser asumidos por todas las partes. Nuestra apuesta: ecología política, democracia, equidad y feminismo.

El reto de hacer política sin parecerse a la política que queremos cambiar

Los Ganemos se integran en (y han integrado) las exigencias de regeneración democrática que la sociedad está reclamando. La distancia entre la clase política y la ciudadanía, el secuestro del interés general en nombre del beneficio de unos pocos y los escándalos de corrupción son los elementos que se quieren desterrar en las “nuevas formas de hacer política”.

En primer lugar, se exige una mayor participación ciudadana y una democratización de la toma de decisiones y del funcionamiento interno de los partidos políticos. Esto, trasladado a los Ganemos, ha de traducirse en una organización horizontal donde las decisiones se tomen de forma asamblearia y que la delegación de responsabilidades se asiente en estrictos procesos de rendición de cuentas. Además de la horizontalidad organizativa, deben ofrecer mecanismos de participación ciudadana en su desarrollo: contactos y consultas con asociaciones vecinales, reuniones abiertas en torno a temas de interés, etc.

En este sentido, una de las claves es la elección de las listas electorales. A estas alturas, nadie duda ya de que deben hacerse a través de primarias abiertas en las que participe toda la ciudadanía. No deben pactarse puestos de salida entre las organizaciones más fuertes (sean partidos políticos o mo­vimientos sociales), pero sí puede ser de­seable en algunos casos establecer ciertos mecanismos que aseguren la diversidad del movimiento. Lo que sí nos parece necesario es establecer criterios organizativos que garanticen la igualdad de oportunidades entre todas las personas candidatas con independencia de los recursos con los que cuente la organización en la que milita.

Otra cuestión irrenunciable es la paridad y, desde nuestro punto de vista, las listas cremallera. De hecho, la participación de las mujeres es otro de los grandes retos democráticos y participativos de estos espacios de confluencia entre activismo social y político. Los Ganemos pueden ser el canal ideal para fomentar y animar a las mujeres activistas en movimientos sociales y organizaciones locales a dar el paso a la política institucional en su pueblo o ciudad. Tienen que asegurar que se recoge la experiencia en política no institucional de las mujeres y que éstas son parte activa y visible de los movimientos: queremos movimientos ciudadanos liderados por mujeres. En este sen­­tido que Ada Colau e Inés Sabanés sean una de las cabezas más visibles y mediáticas de Guanyem Barcelona y Ganemos Ma­drid, son dos excelentes ejemplos y un modelo impagable de liderazgo de mujeres en política local. Al mismo tiempo, hay que hacer un trabajo de base y sistemático que haga de estos nuevos espacios de participación políticos lugares amables para las mujeres, en los que no encuentren los tradicionales impedimentos y condicionantes que o bien limitan su participación o bien la desmotivan.

Por último, sólo mostrando coherencia en el discurso y en las prácticas relativas a la regeneración democrática se puede recuperar confianza de la ciudadanía en la política. La transparencia en el funcionamiento de la plataforma hacia el exterior debe ser irrenunciable y rigurosa (publicación de actas, documentos, presupuestos, reuniones, etc.) Además debe mostrarse una tolerancia cero con la corrupción y la financiación debe ser transparente e independiente de los bancos. No se puede olvidar, tal y co­mo establece EQUO en su resolución de apoyo a los movimientos ciudadanos, un compromiso de control ciudadano de los cargos electos y un código ético que sea cumplido escrupulosamente en lo referente a ingresos, contrataciones de cargos técnicos o la actividad en plenos.

¿Qué puede aportar la ecología política a los Ganemos?

La lógica de los Ganemos, y así lo están sabiendo ver todos sus actores, es la de llevar y defender en las instituciones a las que llegue una política orientada hacia las personas. Deben saber articular su propuesta más allá de la indignación y de una simple reacción contra las política de recortes y neoliberales. Deben ser propuestas en positivo e ilusionantes, que reflejen un cambio de modelo en la ciudad. Tal y como hizo Guanyem en su manifiesto, sería un acierto introducir transversalmente democracia, justicia y ecología para darle un contenido y una trascendencia política potente al proyecto político que representan.

Por su parte, la ecología política debe alimentar estos movimientos ciudadanos. Entre otras cosas, puede ayudar a construir programas coherentes y alternativos, y que den soluciones completas, creíbles y a largo plazo a los retos sociales, democráticos y medioambientales. Integrar los tres aspectos en las políticas locales es clave para invertir en un modelo socioeconómico que ponga a las personas en el centro, siempre respetando los límites del Planeta. Porque si bien se trata de ganar y llegar al poder, hay que hacerlo con un rumbo e ideas claras. Hay que ganar el poder para enfrentarnos al derrumbe progresivo de la sociedad productivista y consumista, imaginar juntos una sociedad alternativa y de­seable, y avanzar hacia un nuevo modelo de ciudad.

En este sentido, la ecología política juega un papel fundamental porque nos muestra que:

1. La era del crecimiento, la del consumo de masas, con energía barata y abundante, basada en el tener más para vivir mejor, ha terminado. Para siempre, porque no es posible que vuelva y porque tampoco es deseable. El crecimiento se ha convertido en una obsesión patológica moderna, es decir un factor de crisis que genera falsas expectativas, obstaculiza la búsqueda de bienestar y amenaza el planeta. El crecimiento ya no es la solución, es un problema central (1).

2. Dentro de este nuevo paradigma “post-crecimiento”, las ciudades -cunas de los Ganemos- son nudos gordianos. Las ciudades consumieron en 2006 en torno al 67% de la energía primaria mundial y fueron responsables del 71% de las emisiones de gases de efecto invernadero relacionados

con los combustibles fósiles. Por tanto, para garantizar la supervivencia civilizada de la humanidad, es urgente cambiar de raíz nuestras ciudades, puesto que ellas son a la vez el reflejo de un modelo socio-económico insostenible e injusto y un sujeto activo del cambio global.

3. Esto es más que una crisis económica y de régimen: es una crisis de civilización. Como bien analiza el manifiesto Última Llamada (2), “es fundamental que los proyectos alternativos tomen conciencia de las implicaciones que suponen los límites del crecimiento y diseñen propuestas de cambio mucho más audaces. La crisis de régimen y la crisis económica sólo se podrán superar si al mismo tiempo se supera la crisis ecológica. En este sentido, no bastan políticas que vuelvan a las recetas del capitalismo keynesiano. (…) Un nuevo ciclo de expansión es inviable: no hay base material, ni espacio ecológico y recursos naturales que pudieran sustentarlo”.

Para generar respuestas a la altura del desa­fío social, económico y ecológico actual, es primordial que los Ganemos asuman estos puntos de partida y que consigan trasladar a nivel local la necesidad de esta gran transición: “de la ciudad de la expansión ilimitada a la ciudad adaptada a los límites de biocapacidad glocal” (3), es decir hacia una ciudad de la justicia social y ambiental. Para construir esta ciudad donde seamos capaces de vivir bien y felices dentro de los límites ecológicos del Planeta y de forma democrática y solidaria, la ecología política aporta una serie de ideas clave (4).

– Adecuar la ciudad y su territorio a su biocapacidad: cada ciudad, o mejor dicho co­marca, debe tener en cuenta la capacidad de carga de su territorio para la reorientación de su organización socio-económica. En particular, hay que calcular la cantidad de tierra agrícola necesaria para abastecer a la población y compararla con los usos actuales para determinar cuál es la necesidad de superficie agraria y crear una reserva de suelo al respecto.

– Parar el crecimiento de las ciudades: Es preciso poner fin a la expansión urbana y tener un plan de contención de la urbanización y la artificialización del suelo. Al mismo tiempo, también es preciso poner fin a la construcción de grandes infraestructuras de transporte que conllevan el “sprawl” urbano, el uso intenso de energía fósil o del coche.

– Reciclar y revalorizar las ciudades existentes: no existe necesidad de construir más sino de repartir mejor el stock de viviendas (hay más de 3 millones de viviendas vacías en España), sin aumentar la presión sobre el suelo y además haciendo efectivo el derecho a la vivienda para todas y todos. Por otro lado, la rehabilitación se sitúa como un eje prioritario 1) ecológico, puesto que permite grandes reducciones del consumo energético y de la emisión de CO2, 2) socio-económico porque es una enorme fuente de empleo verde (5).

– Relocalizar las actividades: debemos construir un modelo económico donde primen las distancias cortas, es decir donde produzcamos localmente lo que consumimos localmente: huertos urbanos, descentralización de la producción de energía renovables, puesta en marcha de monedas locales que favorecen el comercio de cercanía, cooperativas o grupos de consumo que relacionen sin intermediarios a personas productoras y consumidoras a nivel local y privilegien un modo de vida ecológico.

– Favorecer una movilidad sostenible: Significa apostar prioritariamente por el peatón y la bici, así como el transporte colectivo, reduciendo el uso del coche. Su­po­ne a su vez construir ciudades policéntricas, donde se supere el urbanismo funcionalista (que separa por sus funciones las diferentes zonas de la ciudad: comerciales, dormitorios, actividades económicas, ocio; y que requiere el coche como elemento vertebrador) y se apueste por la mezcla de actividades y usos en nuestros barrios.

– Reequilibrar ciudad y campo: esto supone por un lado fomentar la reconversión de tierras hoy dedicadas al monocultivo (como puede ser el agroforestal) en tierras cultivables. Además de ser una fuente de empleo importante (6), implica revalorizar también el trabajo en el campo y el papel del campesinado en nuestra sociedad, y plan­tear un reequilibrio progresivo del re­parto de población entre campo y ciudad.

– Democratizar la ciudad: el tamaño desmedido de las ciudades aleja considerablemente la ciudadanía de los ámbitos de decisión. Sin embargo, ciudades como Porto Alegre (un millón de habitantes) han puesto en marcha presupuestos participativos que siguen, en teoría, un sistema abajo-arriba donde las asambleas de barrio discuten las propuestas y sus representantes las a­cuer­dan en asambleas del conjunto urbano. Para ello, se requiere una ciudad o un territorio policéntricos: a escala humana (es de­cir a pie o en bici) y de democracia directa, que luego se coordine de forma supralocal (comarca, cuenca hidrográfica, región, Es­tado, Europa) a través de mecanismos también democráticos y transparentes.

– Cambiar de valores y de mentalidad: No habrá disminución radical de la huella ecológica sin un cambio de mentalidad y de hábitos de consumo. En el ámbito de la movilidad sostenible, un buen ejemplo es el “Car sharing”, o desde una visión global, las cooperativas de viviendas, que practican la cesión de uso, ponen en común espacios y electrodomésticos entre los habitantes, apuestan por la biorehabilitación y fijan precios asequibles y justos.

Creemos que con estas condiciones, las iniciativas ciudadanas municipalistas estarán dando respuesta a la demanda ciudadana de cooperación frente a las políticas neoliberales y de recortes. Pero además, lo hacen con el valor añadido de no ceñirse a los partidos políticos, sino que suman e integran a otras organizaciones sociales y, lo que es más importante, a la ciudadanía. Y to­do ello, cooperando por una causa común: ganar la política local para las personas.

Notas

1. Véase Gadrey, Marcellesi, Barragué (2013): Adiós al crecimiento. Vivir en un mundo solidario y sostenible (El Viejo Topo) o el artículo Marcellesi (2013): “De la sociedad del crecimiento a la sociedad del vivir bien”

2. Véase en su web

3. Esta transición nos tendría que permitir al mismo tiempo alcanzar un decrecimiento del 45% de la huella ecológica media de las ciudades calculada para el año 2005 y mantener un Índice de Desarrollo Humano alto (es decir superior a 0,8 según Naciones Unidas). Véase Orcáriz, J., Prats, F. (2009):Informe Global España 2020/50. Programa ciudades. Hacia un pacto de las ciudades españolas ante el cambio global. Centro Complutense de Estudios e Información Medioambiental.

4. Para más detalles, véase “Ciudad y decrecimiento: los retos ecológicos de la urbe del siglo XXI” (Marcellesi, 2013).

5. Según un informe del Conama, la reforma de 10 millones de viviendas en el Estado español hasta 2050 para reducir su gasto de calefacción un 80% y cubrir un 60% de las necesidades de agua caliente puede generar unos 130.000 al año empleos nuevos en una primera fase de aquí a 2020.

6. Según varias hipótesis, se necesitaría en torno a un 30% más de trabajo si se pasara de la agricultura industrial a una agricultura mayoritariamente ecológica. Por otro lado, la relocalización de la producción y una apuesta decidida por la soberanía alimentaria es una gran fuente de empleo. Por ejemplo, en Euskadi si se planteara un objetivo de autoabastecimiento agrícola del 20% (hoy es del 5%), esto supondría la dedicación de más de 330.000 Ha. y el aumento de la población activa de 1.5% hasta el 5% (25.000 puestos de trabajo).

 

La Intocable del 78: renovarse o morir

Artículo publicado en La Marea (06/12/2014)

Permítanme ser directa. A día de hoy tenemos dos opciones: seguir andando en círculos o crear colectivamente un nuevo camino. Con la primera opción nos acabaremos mordiendo en el culo, si no nos caemos antes mareadas y asqueadas. Con la segunda, al menos se abre un horizonte al que dirigirnos. La primera es la opción de los que se niegan a ver que el régimen del 78 está agotado, hablo de Rajoy, hablo de Pedro Sánchez y hablo de Mariló Montero. La segunda es la de todas las que pensamos que el origen de la crisis política, económica y ecológica se encuentra, precisamente, en los puntos negros de nuestra actual Constitución.

La Constitución de 1978, la Intocable, ha creado un sistema incapaz de regenerarse o corregirse, y que además hace tiempo que ha olvidado el objetivo principal para el que fue creado: servir a los intereses de la ciudadanía. Las nuevas generaciones tenemos el derecho y el deber de exigir la revisión y la reconstrucción de los pactos del pasado. La ciudadanía votó sí (aunque hoy eso represente apenas el 30% de la población actual), pero no participó. La legitimidad de entonces está en entredicho, tanto por las demandas de las generaciones más jóvenes, como por las tensiones y distorsiones que el régimen salido de la transición provoca en nuestra sociedad.

Recordemos que, muy a pesar de algunos, los de siempre, ya tenemos sobre la mesa el primer elemento necesario –aunque no suficiente- para todo proceso constituyente: un consenso ciudadano amplio sobre la necesidad de cambio. Y aunque se niegue, somos muchas ya las que creemos inaplazable actualizar la Constitución del 78, la Intocable, porque se está desangrando desde hace demasiado tiempo. Las hemorragias internas se han convertido con la crisis en heridas visibles y escandalosas, solucionadas con tiritas neoliberales todavía más escandalosas e injustas, como la reforma del artículo 135. La Intocable ha entrado en este último año en la UCI por culpa de un infarto soberanista y un trasplante urgente de monarca.

El diagnóstico es claro: hay que empezar a debatir una nueva Constitución que siente las bases para atajar de raíz la crisis política, económica y ecológica en la que estamos empantanados. Esto no se hace de un día para otro, y sin embargo nada urge más que la refundación de nuestra sociedad a partir de un nuevo marco normativo. Debemos avanzar hacia la reformulación de un Estado en consonancia con los valores de democracia, igualdad, participación y colaboración.

La apuesta de EQUO es un Estado republicano, federal y laico; cuyos principios rectores sean la transparencia, la rendición de cuentas y la revocación de cargos públicos como herramientas de lucha contra la corrupción. Es inaplazable igualmente la reforma de la Justicia para garantizar su independencia y asegurar la protección de los derechos que deberán ser ampliados asegurando el buen vivir de las personas. Y por último, debe afrontarse una reforma del sistema electoral que sea efectivamente proporcional y garantice al mismo tiempo la representación territorial.

Y todo este debate puede darse de dos maneras. Tal y como se hizo en 1978: 7 hombres encerrados en una habitación en representación de los partidos políticos para decidir la organización política del país. O por el contrario, un proceso constituyente abierto, participativo y transparente en el que la ciudadanía sea protagonista.

En el proceso constituyente que ponga fin al régimen corrupto, injusto y obsoleto de la Intocable, los partidos deberán ser un actor más, una herramienta para la participación. Es imprescindible involucrar a representantes de la sociedad civil y a personas sin adscripción a ningún tipo de organización. Las consultas y los debates deben ser abiertos a toda la ciudadanía; con una escrupulosa rendición de cuentas y transparencia de las negociaciones y los procesos de decisión. Esta es la forma de hacer política que nosotros defendemos desde nuestros inicios. Y es exactamente la misma que está demandando la sociedad española en estos momentos y que se está practicando por toda la geografía española en los espacios de confluencia ciudadana.

La soberanía, el poder de decisión, reside en la ciudadanía. Nadie puede negarnos el debate y estamos en nuestro derecho de dotarnos de una nueva Constitución que dé respuesta a los retos y necesidades del siglo XXI. Quédense con estas palabras: proceso constituyente. No sólo van a ocupar el centro del debate político en 2015, sino que es el único camino hacia la regeneración democrática.